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lunes, octubre 25, 2004

Remisero Enfermo (Gripaflex Attack)

Me acuerdo una vez viaje en un remís (uuuh que loco, viajó en un remís!) Nono, pará que te cuente. Resulta que era de noche y yo volvia para mi casa de lo de una amigo. Llegá el auto y me subo. No recuerdo el modelo del auto, pero estoy seguro que no era un típico auto usado como remís. Imaginate que era un Mercedes Benz viejo, medio baqueteado. La cuestión es que el auto no era lo que uno está acostumbrado a ver como remís porque recuerdo que en algún momento le pregunté al remisero si el auto era de él (obviamente para matar el silencio de viajar en remis sólo vos y el remisero, no?). Si, pero no, porque me acuerdo que ni bien me subí el tipo me empezo a hablar. Era un viejo grandote, gordo, pelado y tenía una nariz enorme, llena de posos y bien colorada. Estaba re engripado, tosia y moqueaba todo el tiempo. Me empezó hablar de lo enfermo que estaba. Se quejaba de los viajes que había tenido y cómo no había podido, entre viaje y viaje, acercarse a una farmacia a comprarse un medicamento. Medicamento desconocido para mi hasta ese viaje, luego del cual supe que era la cura milagrosa para todo (¿¡En serio!?) Sí, eso decía el remisero, pero yo no le creo.

El medicamento se llamaba algo así como Gripaflex. Yo jamás lo había oido nombrar y este tipo lo tenía como objeto de adoración, cura mágica de todos los males, una cosa fabulosa. No sólo curaba, sino que para este remisero había sido protagonista de varías anecdotas. Me contó más de una, pero sólo recuerdo la que les escribo un poco más abajo. Todo esto (y mucho más) me lo dijo en un viaje en auto desde Urquiza hasta San Martín. Su relato sólo era interrumpido por su tos y sus frenadas intencionales en la esquinas que aprovechaba para sacar la cabeza por la ventana y escupir flemas de colores y tamaños perturbadores. Un gordo muy desagradable.

Cuenta el chofer que una vez fue a La Plata con su familia. Todos entraron al Museo de Ciencias Naturales y él se quedó afuera esperando en el auto (que tipo amargo, viajar con tu familia hasta la plata y no entrar con ellos al museo). Él estaba ahi, pasando el rato dentro del auto estacionado hasta que volviera la mujer y los hijos, cuando de repente sintió -y lo pongo como lo dijo él- como que algo se le metía por la boca y la nariz y se empezó a sentir mal. Tan mal estaba que fue hasta el museo y derecho viejo nomás se mando para adentro, sin pagar entrada ni nada. La agarró a la mujer del brazo y le dijo "Vamos vamos que me siento mal". Se subió toda la familia al auto y saliéron de vuelta para Buenos Aires. El tipo estaba cada vez peor y manejaba casi muerto. -No saben el dramatismo que le ponía el chofer al relato, se daba vuelta y me miraba desde el asiento del conductor para ver mi cara de "¿y que paso después?" (actuada obviamente)- La cosa es que el gordo había manejado desde La plata hasta Buenos Aires con el ébola encima mas o menos y ya estaba casi desmayado sobre el volante (con el auto andando por supuesto) cuando divisó una Farmacia. Arrimó el auto así nomás, bajó y se acercó al flaco detrás del mostrador -y en esta parte del relato el chofer alsó la mando cual Hamlet sosteniendo la cabeza de Jorik el bufon, impostó la voz- y dijo "¡Deme un Gripaflex!" con la voz entrecortada. Se lo dieron, lo pagó y volvio al auto donde se tomo como 2 pastillas y siguió viaje hasta su casa. Se acostó a dormir cuando llegó y al otro día sorprendió a la mujer (que seguramente, por como el tipo contaba lo mal que estaba, esperaba despertarse junto al cadaver de su marido) que se despertó y lo encontró como siempre en la puerta de la casa arreglando el auto (porque para un fanático como éste, el auto siempre tiene algo que arreglar). Así fue como el Gripaflex le salvó la vida una de tantas veces.

Terminó su fantastico relato y me preguntó si sabía de alguna farmacia abierta por la zona, ya estabamos a 4 cuadras de mi casa y yo, que soy mas boludo que bueno, le dije "Sí, la farmacia central esta abierta todo el tiempo, queda acá en la proxima cuadra". ¿¡Para qué!? El gordo arrimó el coche al lado de la farmacia y me dijo "ahora vengo". Se bajó y se metió en la Farmacia. ¡Diez minutos tardó en volver! El auto conmigo en el asiento de atrás estacionado a las 2 de la madrugrada un día de semana en frente a la plaza San Martín y con las puertas sin trabar. Blanco facil de cualquier chorro/secuestrador/oportunista. ¡Gordo inconciente! Por suerte no pasó nada. Cuando el gordo volvió lo primero que dijo fue "¡Acá te afanan!". "¡¡Sí!!" pensaba yo, pero el gordo no se refería a los chorros de la plaza, se referia a la gente que atendía la farmacia. Le había cobrado como 50 centavos mas que lo que le combraban usuamente en otras farmacias. Pero bueno, si era la cura milagrosa para todo entonces lo debería valer. Ni bien terminó de quejarse volvió a encender el auto y seguimos viaje hasta mi casa.

Entre tener que comerme sus relatos, sus desagradables escupidas por la ventana, la parada en el medio de la plaza y esto de pagarle con toda la plata que tenía encima ya estaba con todas las ganas de bajarme del remís y empezar a putearlo para adentro. Pero el tipo no me dejó. Me estaba bajando y me dice "mirá flaco, mirá!" Y saca el gripaflex de la bolsita de la farmacia y me lo da para que lo mire. Una caja amarilla con una tirita como la bandera argentina y las letras que decian Gripaflex en negro. Me lo estaba mostrando como un padre que muestra a su hijo orgulloso. Lo miré, le devolví la cajita, lo saludé y cerré la puerta esperando nunca más volvermeló a cruzar en otro viaje.