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martes, abril 12, 2005

Panadería

Voy a pasar a contarles una situación muy extraña, que de haber sido una obra de teatro, mi rol en ella hubiera sido de actor de reparto. El escenario: una panadería. Los protagonistas: una mujer muy aparatosa (no se que significa aparatosa a ciencia cierta, pero esta mujer era muy aparatosa) y la cajera de la panadería.

La mujer aparatosa estaba hablando con la cajera cuando yo entré en escena. Cuando me acerqué me di cuenta de que le estaba pidiendo la bandeja para pasar a servirse su docena de facturas a dos pesos. (No quiero desviarme del tema, pero la docena en realidad estaba compuesta por catorce facturas. Lo que es una cosa terrible, porque siendo ese su nombre debería tener ni más ni menos que las que corresponden. Esta costumbre moderna y generosa de ponerle 2 facturas más a la docena atenta contra la matemática y te expone a situaciones estúpidas como tener que preguntar cuantas facturas tiene una docena cada vez que vas a comprar facturas a una panadería. Me indigna.) Yo hice exactamente lo mismo que la mujer y también pedí mi bandeja.

Bandeja en mano, me di vuelta para empezar a agarrar una por una y sin perder la cuenta a mis tan codiciadas facturas pero algo me lo impidió. La mujer estaba luchando contra su constante estado hiperquinético, tratando de tomar las facturas de las bandejas sin éxito. Tirándolas al piso para recogerlas con una precisión que no había logrado al momento de tirarlas. Pero no sólo era sorprendente su torpeza, sino también la tranquilidad con que devolvía las facturas a su bandeja de origen convirtiéndolas en una factura más. Una trampa para cualquiera que quisiera comprarla después para comerla en su casa, sin saber que esa factura había tocado el piso y ahora se estaba desmembrando entre sus dientes.

Con mucho cuidado empecé a servirme mis facturas, eligiendo, contando y a la vez observando las maniobras de esta señora tiradora de comida. El hecho de perderme alguno de sus movimientos, alguna de sus tiradas, me exponía al riesgo de llevarme alguna factura "manchada", convirtiéndome en una victima de su torpeza. Prestar atención a esta mujer me hizo perder la cuenta algunas veces, pero finalmente logré formar mi pseudo docena (si, si Raul Portal inventa palabras, yo también) y acercarme a la caja para que las envuelvan y me las cobren. La mujer estaba delante mío y hablaba muy activa con la cajera. Mientras le empacaban sus cosas, sin ningún problema la señora se tomaba la libertad de agarrar masitas secas y llevárselas a la boca, mezclando su discurso con masticación. Un espectáculo inolvidable.

Ya con sus compra empaquetada y paga, se dio vuelta y al momento de salir me dice "y vos? Mira, es el de turf", comentándole a la cajera. Yo me quede ano-nadado (y no tuve necesidad de usar un bidet en este caso...). Esboce una sonrisa para evitar que se enojara conmigo, uno nunca sabe como pueden reaccionar las personas. Ella sonrío y se fue.